EL VIOLINISTA DE LA LÍNEA 5

Había una vez un profesor de Física que no tenía carnet de conducir. Siempre le había dado pereza sacárselo y tenía la impresión de que, a esas alturas de su vida, con casi cincuenta años, ya era demasiado tarde. Debido a esto, se veía obligado a viajar en metro cada día, de casa al trabajo y del trabajo a casa. A partir de cierto día, empezó a coincidir con un músico callejero, violinista, que para ganarse la vida tocaba en el metro, muy a menudo en el mismo vagón en el que viajaba el profesor. Vestía un traje viejo, raído por el uso; su violín, en cambio, estaba como nuevo, y brillaba, al igual que la música que interpretaba con él. Al profesor de Física le gustaban tanto sus interpretaciones que en más de una ocasión llegó tarde al trabajo por quedarse escuchando al violinista. Cuando le sucedía, mentía a sus alumnos con excusas un tanto inverosímiles con tal de no confesar a nadie su despiste. Incluso, alguna vez, espantado ante su propia capacidad de ensimismamiento, se había propuesto no escuchar nunca más al violinista, pero su música siempre le acababa seduciendo, por muchas reticencias que pusiera. Un día, alzó la vista del libro que leía y descubrió al violinista sentado a su lado, mirando las mismas fórmulas que él miraba, y se sobresaltó.

– ¿Sabe, amigo? -comentó el violinista, con un fuerte acento eslavo-… a mí me hubiera gustado estudiar Física.

– Y a mí violín -respondió el profesor, asombrado.

– ¡No me diga! -exclamó el violinista, con las cejas alzadas y una expresión de asombro reposado en su rostro.

– Sí, en serio -insistió el profesor; y, a continuación, ofreció:- Si quiere puedo enseñarle Física.

– Ah, amigo, gracias – exclamó el violinista cerrando los ojos y encogiéndose de hombros-, pero no puedo pagarle.

El profesor vio, sin alterarse, cómo el convoy dejaba atrás la parada donde debería haberse apeado.

– No se preocupe -respondió sin prisas-… déme clases de violín a cambio.

Ambos hombres se miraron. No fue necesario decir nada más: entrechocaron sus manos para sellar el pacto. Empezaron quedando una vez por semana, luego dos, y tres, hasta que acabaron viéndose una vez al día y, a veces, más.

Llegó el momento en que el profesor empezó a tocar el violín en el metro, y el violinista a dar clases de Física en la Facultad. Se dieron cuenta de que no tenían por qué echarse atrás. Así que dieron un paso adelante. Ahora el profesor no tiene que preocuparse por llegar tarde, y el violinista enseña Cosmología. Cuando coinciden en el metro, no cruzan palabra, pero se saludan con una sonrisa. Los pasajeros les miran, sorprendidos por la complicidad entre la Música y la Física.

Víctor Guisado

Barcelona, mayo de 2020

EL NIÑO QUE DESCUBRIÓ GALLETAS AL FONDO DEL ARMARIO

Uno de los primeros recuerdos de mi vida está relacionado con algo prohibido: las galletas. Mi madre me las racionaba de forma escrupulosa a lo largo del día, y luego las escondía en un lugar secreto. Una noche no podía dormir, así que me levanté y me puse a buscarlas por la cocina, sumido en la penumbra, procurando no hacer ruido. Las encontré al fondo del armario, detrás de los garbanzos. La verdad es que no estaban demasiado ocultas, pero yo era tan pequeño que para encontrarlas tuve que subirme a una silla, y luego a la encimera. ¿Cuántas expediciones furtivas había vivido sin éxito? ¿Cuántas veces me había levantado de madrugada y había tenido que volver a la cama frustrado? Seguro que muchas, pero no las recuerdo. Hoy sólo forma parte de mí la noche en que tuve éxito… y dejé el armario desordenado y un rastro de miguitas tras de mí que acabó por delatarme. Mi madre se enfadó mucho, pero más por el desorden que por el atracón de galletas. La lógica infantil me llevó a pensar que podría comer todas las galletas que quisiera siempre y cuando no desordenara los armarios; pero con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que eso era imposible. Si quería comer galletas, algún desorden iba a provocar, y tenía que escoger. Años más tarde, quise explicarle a mi madre lo que aprendía en las clases de Biología, y volvió a enfadarse conmigo. Comprendí que hablarle de nuestra intrascendente constitución material no era ya cambiarle de sitio los botes de garbanzos sino trastocarle por completo el orden de las figuras de porcelana que tenía perfectamente dispuestas en la vitrina del salón. Podría haber sido bueno y haber dejado de fisgonear en busca galletas, pero ¿a quién quiero engañar? Siempre seré ese niño hambriento, habitante de la madrugada, explorador protegido con un cubo de la playa en la cabeza que un día salió del territorio de la infancia sin saber muy bien a dónde iba… Ah, la infancia… ese país repleto de armarios bien ordenados. Ahora es difícil imaginar que yo pasara allí mis días.

Víctor Guisado

Barcelona, mayo, 2020

UN SUPERPODER INÚTIL

Un día, camino del trabajo, me perdí. Ocurrió después de veinte años recorriendo la misma ruta. Me sabía de memoria calles y autobuses, metros y semáforos. Un reloj de cuco, con todos sus engranajes y mecanismos perfectamente sincronizados, no habría sido más fiable que yo, mañana a mañana. Había olvidado que nunca hay dos amaneceres iguales, dos momentos repetidos. Tuvo que venir el niño que fui a recordármelo. Alguien había abandonado un oso de peluche gigante en una papelera. Era tan grande, que no cabía y le habían encajado por el culo; le colgaban las piernas y los brazos por fuera, y la cabeza le caía hacia atrás. Me paré a contemplarlo, y luego me equivoqué de transporte. Me fui hacia un sitio cuando debería haberme ido a otro; me apeé en la parada que no era; no sé. No me di ni cuenta. Cuando era niño pensaba que todos los adultos eran iguales, pero lo cierto es que al oso sólo lo miraba yo. Acabé sentado junto al mar, en la playa, escuchando a las olas romper contra la arena. Pocas personas habrían aguantado ahí sin decir nada más de diez segundos. Pero yo soy diferente. Estuve horas contemplando la espuma. Me llamaron del trabajo. Me dijeron algo. Sobre un despido. No sé. No era importante.

Agradecimientos: a La Mirada de Berenice por la primera frase.

LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO

El corredor era más fuerte que el infinito dolor del kilómetro treinta y cinco, pero pensó que unas pocas gotas de agua mojándole los labios quizá no le irían mal. Inmediatamente, un ángel se materializó sobre su cabeza, se sentó sobre sus hombros y preguntó:

– ¿Qué te hace pensar, humano, que tu ángel de la guarda se apiadará de ti?

Fotograma de La soledad del corredor de fondo, basada en el relato del mismo título de Alan Sillitoe. Fuente: https://ishootthepictures.files.wordpress.com/2010/09/vlcsnap-2010-09-09-22h56m00s196.png
Fotograma de La soledad del corredor de fondo, basada en el relato del mismo título de Alan Sillitoe. Fuente: https://ishootthepictures.files.wordpress.com/2010/09/vlcsnap-2010-09-09-22h56m00s196.png

ENTRE EL DOLOR Y LA NADA

La inquisición no tardará en llegar y pondrá orden. Se acabará este sindiós de hombres brotando de la tierra como verduras y de párrocos que dan su visto bueno al libre albedrío. Qué vergüenza. Qué caos. Últimamente se han visto hasta ingenieros por las calles. Y se rumorea que los tomates con genes han llegado al pueblo. La gente normal ya no podemos salir tranquilos a la calle, ni sabemos dónde comprar comida sin tener una conversación sobre Faulkner. Con tanta tontería, cualquier día de estos amanecerá por el oeste. Les he denunciado a todos. Donde haya orden, ¿quién quiere libertad?

(Este relato está dedicado a Jose Miguel Mulet Salort (Tomates con genes) y a Rosa Porcel (La Ciencia de Amara), por no tirar la toalla en su empeño de iluminar lo que otros prefieren mantener en la oscuridad.)

Conversaciones sobre Faulkner.
Conversaciones sobre Faulkner.

AD INFINITUM

Reseña de ¿Dónde están las naves espaciales? publicada por La mirada de Bérénice.

Avatar de BéréniceLa mirada de Bérénice

AD INFINITUM. Fuente: http://www.renderthat.com/images/backgrounds/1920/industrial-design-rendering-cyborg-head.jpg AD INFINITUM. Fuente: http://www.renderthat.com/images/backgrounds/1920/industrial-design-rendering-cyborg-head.jpg

¿Dónde están las naves espaciales? es una novela que invita a soñar y que llama a la lucha interior, a la resistencia frente a las adversidades, y ofrece una visión lúcida del futuro que puede que nos engulla a todos los humanos dentro de unos años. Pero para el protagonista no es la revolución tecnológica que ha cambiado el mundo lo que le oprime, sino el absurdo humano que sigue en el futuro tan presente como lo está hoy en día.

K. es un niño que mira las estrellas y en sus viajes por el Sistema Solar conoce a Valentina… una maravillosa ingrávida a quien escribe mensajes de socorro para que le rescate del tedio abrumador que es su vida.

¿Dónde están las naves espaciales? no es una novela de derrota, no es un lamento ni una ausencia del ser, sino un paso enfrente hacia la…

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EL PACTO

El incómodo cadáver del mediador familiar nunca protestaba. Hiciera frío o calor, permanecía en silencio. Tampoco se quejaba cuando cambiaban de canal sin avisar. No parecía interesarle la televisión. Ella intentó encontrarle acomodo debajo de la alfombra, pero el resultado no fue satisfactorio. Finalmente, lo dejaron donde estaba, tal como había caído. Decidieron que era mejor no remover las cosas. Después de todo, no era más que una piedrecita en el zapato, un poco molesta, sí, pero que tampoco impedía del todo seguir la marcha. Cuando empezó a oler, compraron jazmín, luego incienso. El tiempo seco del verano ayudó a que las sombras no se escaparan del sótano.

Chasing monsters. Fuente: http://www.cbc.ca/nl/features/chasingmonsters/images/17.jpg
Chasing monsters. Fuente: http://www.cbc.ca/nl/features/chasingmonsters/images/17.jpg

LLEVADME CON VOSOTROS

El incómodo cadáver del mediador familiar se quedó tan quieto en el suelo del salón como un sello estampado sobre una sentencia judicial. El primero en hablar fue el delfín.

– Te dije que los humanos no lo entenderían -afirmó, sin dejar de mirar el cadáver.

– Es nuestro hijo -respondió el pulpo, con la respiración aún agitada y cuatro de sus ocho brazos ondulando por encima de su cabeza-, lo he hecho por defender a nuestro hijo.

– A ver -replicó el delfín-, no pierdas el sentido de la realidad, Corail, lo hemos acogido bajo nuestra protección, y lo queremos como si fuera hijo nuestro, pero la realidad es que jamás permitirán que lo adoptemos, ya te lo dije, al menos en este planeta. Para los humanos sigue siendo uno de los suyos.

– ¿Uno de los suyos? -chilló Corail-… ¿Uno de los suyos? Es un bebé cromatófago, ni siquiera es un mamífero como tú, Philippe. ¡Se alimenta de luz! ¡Hace la fotosíntesis! ¡Pero si los están echando de la Tierra!

– Sí, sí, es verdad, pero ya sabes cómo son los humanos.

– Unos hipócritas, eso es lo que son. Mil medusas avispa les acaricien los genitales con cariño.

– De acuerdo, mil medusas, Corail. Pero ahora tenemos que centrarnos en esto: te has cargado al mediador. Y ahora… ¿qué? Esto tampoco lo van a entender por muy bien que se lo expliquemos. ¿Tienes un plan? ¿Tienes alguna idea?

– Sí: me enrolaré como piloto en una nave interestelar. Aún tengo amigos en el laboratorio donde me crearon. Podrán ayudarme.

Philippe, el delfín, dejó de mirar el cadáver. Se giró en redondo, flotando sobre sus unidades anti-g, y miró de arriba a bajo a Corail, el pulpo.

– ¿Estás pensando en abandonarnos, Corail?

Los brazos de Corail dejaron de agitarse en el aire y cayeron como fardos a lado y lado de su cuerpo.

– ¿Abandonaros? -murmuró el octópodo con un hilo de voz, desolado-… No… bueno, a ver, yo no lo plantearía así. Tú no has hecho nada, Philippe. Me buscarán a mi. Huiré. Tú puedes quedarte aquí en la Tierra, con Mandarina sonriente. Cuando encuentre un sitio adecuado, os podréis venir conmigo y volveremos a estar juntos.

– ¡No has entendido nada! -protestó el delfín-. ¡Lo primero que harán será quitarme a Mandarina sonriente! ¡Y a mi me llevarán a una reserva! ¡Nos vamos los tres juntos! ¡Yo también puedo formar parte de la tripulación!

– Los tres -dijo Corail-, los tres juntos en una nave interestelar. ¿Te has vuelto loco? No es sitio donde criar a un niño.

– ¡Es cromatófago! -protestó Philippe- Está adaptado al viaje interestelar. ¡Sobrevivirá! ¡Se hará fuerte! ¡Le sentará bien!

El cetáceo y el cefalópodo se miraron fijamente durante unos segundos, en silencio. Los ultrasonidos del delfín sondeaban el interior del pulpo y éste emitía un leve gorjeo.

– Bueno, vale -cedió finalmente el octópodo-, ves a buscar a Mandarina sonriente. Yo prepararé la furgoneta. Date prisa. El mediador era un androide de clase C, pero aun así no creo que tarden mucho en venir a ver qué ha pasado.

El androide de clase C, inmóvil, con sus últimas chispas de conciencia, pensó: “¿Androide de clase C? ¡Maldita sea, yo sólo cumplía órdenes! ¡No me dejéis aquí, cabrones, yo también quiero ir, llevadme con vosotros!”

Mediador familiar soñando con las estrellas. Fuente: http://www.renderthat.com/images/backgrounds/1920/industrial-design-rendering-cyborg-head.jpg
Mediador familiar soñando con las estrellas. Fuente: http://www.renderthat.com/images/backgrounds/1920/industrial-design-rendering-cyborg-head.jpg

SEMBRAR BISONTES

Pintando aquellos extraños bisontes en libretas y papeles. Así pasaba el tiempo mientras el profesor explicaba, cualquiera que fuera la asignatura. La mayoría de profesores le habían dejado por imposible. El resto alentaba su obsesión, con la esperanza de que si la cultivaba con ahínco acabara convirtiéndose en ilustrador o pintor. No sabían lo que hacían. Un día repartió por el camino que llevaba hasta el colegio todos los dibujos que había hecho, unos cuantos cientos. Cuando hubo acabado, una ventisca se alzó y se llevó por los aires todas sus obras. Al día siguiente, justo antes de empezar las clases, una estampida de bisontes arrasó el colegio y los campos colindantes. Se suspendieron las clases durante días, y nos alegramos. A decir verdad, también nos alegramos de que no hubiera dibujado lobos.

Sembrar bisontes. Fuente:  http://abcnews.go.com/images/International/AP_week_in_pictures_banksy_jef_150227.jpg
Sembrar bisontes. Fuente: http://abcnews.go.com/images/International/AP_week_in_pictures_banksy_jef_150227.jpg

 

TODOS FIRMAMOS

Al capitán le dio por pintar extraños bisontes en las paredes de la cueva donde nos refugiábamos. Mezclaba piedras marcianas convenientemente machacadas con aceite de robots estropeados. Conseguía un brillo y una textura semejante a las de las pinturas rupestres. De vez en cuando también dibujaba el perfil de un cohete o una trayectoria de la Tierra a Marte.

– ¿Por qué lo hace? -me atreví a preguntarle un día.

– Para recordaros que cincuenta mil años de historia humana nos contemplan.

– ¡Pues qué bien! -protestó Kurtz-. Tanto esfuerzo para acabar como al principio.

– No -le corrigió el capitán-, no estamos igual que al principio. Ahora miramos a las estrellas y no tenemos miedo. Miramos cara a cara al mundo y no inventamos supersticiones: inventamos cohetes.

Todos firmamos las pinturas con la palma de nuestra mano cuando el oxígeno empezó a escasear.

Todos firmamos. Fuente de la imagen: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f4/SantaCruz-CuevaManos-P2210651b.jpg
Todos firmamos. Fuente de la imagen: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f4/SantaCruz-CuevaManos-P2210651b.jpg