Había una vez un profesor de Física que no tenía carnet de conducir. Siempre le había dado pereza sacárselo y tenía la impresión de que, a esas alturas de su vida, con casi cincuenta años, ya era demasiado tarde. Debido a esto, se veía obligado a viajar en metro cada día, de casa al trabajo y del trabajo a casa. A partir de cierto día, empezó a coincidir con un músico callejero, violinista, que para ganarse la vida tocaba en el metro, muy a menudo en el mismo vagón en el que viajaba el profesor. Vestía un traje viejo, raído por el uso; su violín, en cambio, estaba como nuevo, y brillaba, al igual que la música que interpretaba con él. Al profesor de Física le gustaban tanto sus interpretaciones que en más de una ocasión llegó tarde al trabajo por quedarse escuchando al violinista. Cuando le sucedía, mentía a sus alumnos con excusas un tanto inverosímiles con tal de no confesar a nadie su despiste. Incluso, alguna vez, espantado ante su propia capacidad de ensimismamiento, se había propuesto no escuchar nunca más al violinista, pero su música siempre le acababa seduciendo, por muchas reticencias que pusiera. Un día, alzó la vista del libro que leía y descubrió al violinista sentado a su lado, mirando las mismas fórmulas que él miraba, y se sobresaltó.
– ¿Sabe, amigo? -comentó el violinista, con un fuerte acento eslavo-… a mí me hubiera gustado estudiar Física.
– Y a mí violín -respondió el profesor, asombrado.
– ¡No me diga! -exclamó el violinista, con las cejas alzadas y una expresión de asombro reposado en su rostro.
– Sí, en serio -insistió el profesor; y, a continuación, ofreció:- Si quiere puedo enseñarle Física.
– Ah, amigo, gracias – exclamó el violinista cerrando los ojos y encogiéndose de hombros-, pero no puedo pagarle.
El profesor vio, sin alterarse, cómo el convoy dejaba atrás la parada donde debería haberse apeado.
– No se preocupe -respondió sin prisas-… déme clases de violín a cambio.
Ambos hombres se miraron. No fue necesario decir nada más: entrechocaron sus manos para sellar el pacto. Empezaron quedando una vez por semana, luego dos, y tres, hasta que acabaron viéndose una vez al día y, a veces, más.
Llegó el momento en que el profesor empezó a tocar el violín en el metro, y el violinista a dar clases de Física en la Facultad. Se dieron cuenta de que no tenían por qué echarse atrás. Así que dieron un paso adelante. Ahora el profesor no tiene que preocuparse por llegar tarde, y el violinista enseña Cosmología. Cuando coinciden en el metro, no cruzan palabra, pero se saludan con una sonrisa. Los pasajeros les miran, sorprendidos por la complicidad entre la Música y la Física.
Víctor Guisado
Barcelona, mayo de 2020







