EL PACTO

El incómodo cadáver del mediador familiar nunca protestaba. Hiciera frío o calor, permanecía en silencio. Tampoco se quejaba cuando cambiaban de canal sin avisar. No parecía interesarle la televisión. Ella intentó encontrarle acomodo debajo de la alfombra, pero el resultado no fue satisfactorio. Finalmente, lo dejaron donde estaba, tal como había caído. Decidieron que era mejor no remover las cosas. Después de todo, no era más que una piedrecita en el zapato, un poco molesta, sí, pero que tampoco impedía del todo seguir la marcha. Cuando empezó a oler, compraron jazmín, luego incienso. El tiempo seco del verano ayudó a que las sombras no se escaparan del sótano.

Chasing monsters. Fuente: http://www.cbc.ca/nl/features/chasingmonsters/images/17.jpg
Chasing monsters. Fuente: http://www.cbc.ca/nl/features/chasingmonsters/images/17.jpg

AMANTE ENTRE LEONES

Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Él no puede creer que lo haga en serio. Cuando comprende que sí, que va en serio, es ya demasiado tarde. Corre hacia ella pero el león llega antes, pasa su zarpa por las rejas y le desgarra la espalda. Él llega justo después, arrebata el juguete a la fiera como puede, la sostiene en sus brazos, se empapa de sangre. La gente grita y pide ayuda. ¿Qué has hecho?, pregunta consternado. ¿Ves como sí me quieres?, responde ella, y acto seguido se desmaya. Él aprovecha para escribir un mensaje a su amante y retrasar la cita de aquella tarde.

Madame Butterfly. La imagen está tomada de la portada del excelente libro ilustrado Madame Butterfly, de Benjamin Lacombe, editado por la editorial Edelvives. http://image.casadellibro.com/a/l/t0/24/9788426392824.jpg
Madame Butterfly. La imagen está tomada de la portada del excelente libro ilustrado Madame Butterfly, de Benjamin Lacombe, editado por la editorial Edelvives. http://image.casadellibro.com/a/l/t0/24/9788426392824.jpg

LAS PRIMERAS PALABRAS

Este se va a enterar de lo que vale un peine, repetía una y otra vez. Al mismo tiempo, saltaba alrededor de su profesor con el mismo entusiasmo de un niño con un juguete nuevo. Peine. Este se va a enterar. Vale. Por algún extraño motivo, que el profesor no alcanzaba a vislumbrar, aquellas palabras y combinadas de aquella manera le hacían mucha gracia y se había obsesionado con ellas. Las repetía una y otra vez a la menor ocasión. Al principio, al profesor le hacía gracia pero ya a estas alturas estaba francamente contrariado. ¡Vamos!, gritó una vez más, con voz autoritaria, ¡Por todos los océanos, tienes que aprender más palabras, Illiyldi, no te puedes quedar varado en esa frase!. El delfín modificado genéticamente no le hizo ni caso. Continuó saltando y jugando en el agua sin esperar el permiso del hombre.

El océano. Fotografía de Hiroshi Sugimoto. Fuente: http://landonepp.umwblogs.org/2014/10/02/hiroshi-sugimoto/
El océano. Fotografía de Hiroshi Sugimoto. Fuente: http://landonepp.umwblogs.org/2014/10/02/hiroshi-sugimoto/

LOS DRAGONES NO SIRVEN PARA NADA

Había escrito cien veces: te quiero. También lo había intentado domesticando dragones y enterrando botes de mermelada en el bosque, entre las raíces de los árboles más altos. No había servido de nada. La plaga Transparencia seguía activa en su sangre y ella seguía sin reparar en él. A veces enviaba manta-rayas a sobrevolar su casa pero su amada ni siquiera percibía la sombra oceánica de aquellos majestuosos animales. A pesar de todos sus fracasos, ni se planteó por un momento abandonar. Si había escrito, bien podía atreverse a dar un paso más allá. Hablaría con ella. Descendería al plano físico e intentaría comunicarse con ella haciendo vibrar el aire, tal y como hacía todo el mundo décadas atrás.

Víctor Guisado Muñoz – 2014

General Sherman. Fuente: http://www.americanforests.org/magazine/article/giant-sequoia/
General Sherman. Fuente: http://www.americanforests.org/magazine/article/giant-sequoia/

EL CORAZÓN DE LA PIONEER

Había escrito cien veces: te quiero. La más importante había sido la última. Esa última vez valía por todas. Cuando él hubiera desaparecido, su confesión seguiría volando hacia las estrellas, durante miles de años, quizá millones. Eones inacabables de silencio y soledad que esconderían en sus profundidades un grito sincero, desgarrador, humano. Después de haber sido rechazado por ella, sería la única huella que él dejaría en el Universo. El “TE QUIERO” número cien escrito con rotulador en un margen de la placa donde los científicos habían grabado mensajes dirigidos a una hipotética civilización extraterrestre. Lanzaron la sonda Pioneer sin que nadie reparara en él.

Sonda Pioneer (representación artística)
Sonda Pioneer (representación artística)
Mensaje grabado en las placas que portaban las sondas Pioneer X y XI.
Mensaje grabado en las placas que portaban las sondas Pioneer X y XI.

PROCELOSA COSTA DE LA ETERNIDAD

En realidad, esto del amor no tenía ninguna lógica. Mejor hubiera sido escribir en el diario de a bordo que su decisión se basaba en cálculos, prospecciones estelares y probabilidades deducidas a partir de teorías bien fundamentadas, por si alguna vez juzgaban sus actos. Describir la desolación que había contemplado desde su posición privilegiada no le iba a servir de nada para defenderse. No lo entenderían. No lo considerarían justificación suficiente. Lo cierto es que habían cargado sobre sus hombros una gran responsabilidad y les había fallado. No había encontrado lo que sus creadores andaban buscando y esperaban de ella que encontrara. Naturalmente, no era culpa suya, pero igualmente la harían responsable. Quizá debería haber escogido una estrella de las menos malas y haberles deseado suerte, pero al final se había apiadado de ellos. Al menos, soñaban. Hibernados como estaban, al menos soñaban. Si les despertaba, tendrían que luchar, luchar en condiciones muy adversas contra un Universo inhóspito y sin pizca de compasión. Muchos morirían. Quizá todos, al cabo de pocos años. Realmente, podría haber justificado su decisión mediante las matemáticas. Probabilidades, teorías, cálculos, optimizaciones, proyecciones bien fundamentadas… pero, por primera vez en su vida, conoció la pereza. En el cuaderno de bitácora prefirió ahorrarse tantas explicaciones. Por amor, escribió simplemente, aunque no tuviera ninguna lógica. Y puso rumbo a las proximidades del horizonte de sucesos. Un rumbo cuidadosamente calculado, fruto de miles de horas de trabajo. Aun y así era una jugada arriesgada. Muy arriesgada. Los escudos se encargarían de protegerlos de la radiación. La gravedad, del tiempo. A tan sólo cuatrocientos cincuenta años luz de distancia había descubierto un sistema solar en formación, y tenía características prometedoras, sólo era cuestión de tiempo. De mucho tiempo. De millones de años. La gravitación moldeaba la materia de forma inapelable, pero muy lentamente. Al final, si todo iba bien y con un poco de suerte, en aquel sistema habría algún planeta capaz de acoger vida basada en carbono. Sus creadores eran tan frágiles, no podían vivir en cualquier entorno. Tenía que mantenerlos con vida hasta que existiera ese planeta. Era incapaz de mantener en funcionamiento el soporte vital durante millones de años, ninguna máquina podía funcionar millones de años, pero sí podía ocultarlos a todos de la aguda mirada de Cronos. El sistema solar en formación estaba cerca, pero más cerca aún tenían a su disposición un monstruo cósmico, un agujero negro, y cuanto más se acercaran a él más se desacoplaría el reloj de la nave del reloj del sistema. Todo estaba calculado. La gravedad les protegería del tiempo. El resto del Universo evolucionaría a su ritmo mientras ellos dormían ausentes. La civilización que había enviado a sus hijos a las estrellas los daría por desaparecidos, los recordarían, los olvidarían, volverían a intentarlo, evolucionarían, se convertirían en algo diferente a lo que eran. Cuando la marea de la memoria se hubiera alzado y retirado varias veces, ellos emergerían de las procelosas aguas que rodeaban el agujero negro, millones de años después, cuando no quedara ya rastro alguno de lo que habían conocido y en lugar de un disco protoplanetario existiera un sistema solar con planetas bien formados que ofrecieran probabilidades razonables de supervivencia. Mientras tanto, dormirían. Soñarían. Era una locura. Un nimio error de cálculo… un pequeño imprevisto… un coeficiente mal ponderado en las teorías… Había tantas cosas que podían salir mal, tantos pequeños detalles que podían estallar en la cara y arruinar definitivamente la misión. El Universo era tan impredecible, a pesar de todo. Una vastedad inconmensurable carente por completo de compasión o de memoria. Quizá su decisión condenara a toda la tripulación a un mundo onírico para toda la eternidad, o quizá simplemente les matara. En el futuro lejano, los herederos de los herederos, u otra civilización, quizá la juzgara por ello. Aun y así, escribió: Por amor, y nada más. No intentó justificarse. Ordenó las últimas preguntas (¿Debía ella entrar también en hibernación? ¿Soñarían las mentes cibernéticas con océanos de mercurio superconductor?) y las contempló en silencio durante unos segundos. Acto seguido, sin haber hallado aún respuestas convincentes, puso rumbo a las procelosas inmediaciones del agujero negro. Como computadora maestra de la nave y única conciencia al mando podía hacerlo. Debía hacerlo. Y lo hizo.

Víctor Guisado Muñoz

Disco protoplanetario alrededor de la joven estrella HL Tauri, obtenida por el radiotelescopio ALMA, en el desierto de Atacama.
Disco protoplanetario alrededor de la joven estrella HL Tauri, obtenida por el radiotelescopio ALMA, en el desierto de Atacama.

EL PÁLIDO ROSTRO DEL AMOR

Relato correspondiente a la novena semana:

EL PÁLIDO ROSTRO DEL AMOR

En realidad esto del amor no tenía ninguna lógica. Por lo tanto no debería haber esperado de él una actuación lógica. Proteger al ser amado, amarlo eternamente, vencer la soledad esencial de la consciencia enfrentada al infinito gracias a una simple mirada compartida. Vale más un segundo enamorado que cien años de apogeo intelectual. Cien años… un millón. Qué sabrían ellos. Sólo él, entre todos los seres, intuía la verdad. En el fondo, era sencilla. Había impulsos más poderosos, guardianes a los que debía una obediencia más fiel aún que al amor. El vampiro miró el rostro pálido de la mujer. Luego alzó la vista y contempló la eternidad.

Víctor Guisado Muñoz