EL PACTO

El incómodo cadáver del mediador familiar nunca protestaba. Hiciera frío o calor, permanecía en silencio. Tampoco se quejaba cuando cambiaban de canal sin avisar. No parecía interesarle la televisión. Ella intentó encontrarle acomodo debajo de la alfombra, pero el resultado no fue satisfactorio. Finalmente, lo dejaron donde estaba, tal como había caído. Decidieron que era mejor no remover las cosas. Después de todo, no era más que una piedrecita en el zapato, un poco molesta, sí, pero que tampoco impedía del todo seguir la marcha. Cuando empezó a oler, compraron jazmín, luego incienso. El tiempo seco del verano ayudó a que las sombras no se escaparan del sótano.

Chasing monsters. Fuente: http://www.cbc.ca/nl/features/chasingmonsters/images/17.jpg
Chasing monsters. Fuente: http://www.cbc.ca/nl/features/chasingmonsters/images/17.jpg

AMANTE ENTRE LEONES

Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Él no puede creer que lo haga en serio. Cuando comprende que sí, que va en serio, es ya demasiado tarde. Corre hacia ella pero el león llega antes, pasa su zarpa por las rejas y le desgarra la espalda. Él llega justo después, arrebata el juguete a la fiera como puede, la sostiene en sus brazos, se empapa de sangre. La gente grita y pide ayuda. ¿Qué has hecho?, pregunta consternado. ¿Ves como sí me quieres?, responde ella, y acto seguido se desmaya. Él aprovecha para escribir un mensaje a su amante y retrasar la cita de aquella tarde.

Madame Butterfly. La imagen está tomada de la portada del excelente libro ilustrado Madame Butterfly, de Benjamin Lacombe, editado por la editorial Edelvives. http://image.casadellibro.com/a/l/t0/24/9788426392824.jpg
Madame Butterfly. La imagen está tomada de la portada del excelente libro ilustrado Madame Butterfly, de Benjamin Lacombe, editado por la editorial Edelvives. http://image.casadellibro.com/a/l/t0/24/9788426392824.jpg

EL VIGÍA CIEGO

No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde. En la ciudad es casi imposible inhalar una bocanada de aire limpio. Y los lunes es peor. Hay más tráfico, y más rápido y nervioso. No puedo ver los vehículos. Pero lo noto. Debería de ser como cualquier otro día de la semana pero en la práctica hay más ruido, más bocinazos y frenazos, más prisa, menos ganas. Gritos. Vibraciones. Golpes. Empieza la semana, la gente está nerviosa. Se nota incluso en los niños, que pasan a mi lado y me pegan más de lo normal. Ahora por la tarde todo está más tranquilo, lo peor ha pasado. La luz declina, oscurece. Se intuye la noche, el aire es más fresco. Más limpio. Se respira mejor. He sobrevivido. Un día más. Es difícil y cansado ser un árbol urbano.

 

 

Dinosaurio urbano. Foto: Víctor Guisado Muñoz.
Dinosaurio urbano. Foto: Víctor Guisado Muñoz.
La Pedrera, Barcelona. Foto: Víctor Guisado Muñoz.
La Pedrera, Barcelona. Foto: Víctor Guisado Muñoz.
Anochecer en el rompeolas, Barcelona. Foto: Víctor Guisado Muñoz.
Anochecer en el rompeolas, Barcelona. Foto: Víctor Guisado Muñoz.

EL LIBRO DESNUDO

Sin saber por qué, le di un puñetazo. La violencia del golpe me sorprendió incluso a mi. Pero el libro ni se inmutó. Me había regalado el libro sin dedicatoria, desnudo. Envuelto en un papel muy bonito, sí, pero podía ser el regalo de cualquiera. Era una forma de decirme que ya no se desnudaría nunca más ante mi, sólo ante el otro. En realidad, sabía muy bien por qué había golpeado el libro. Lo que me había sorprendido había sido hacerlo sin pensarlo dos veces, el que el instinto me hubiera tomado por sorpresa. Decidí quemar el libro. Contemplar las llamas, dispersar las cenizas por el bosque. Esa sí fue una decisión bien sopesada.

Continuación del horizonte. Autor: Víctor Guisado Muñoz.
Continuación del horizonte. Autor: Víctor Guisado Muñoz.

CUANDO TODO TENGA NOMBRE

Sin saber por qué, le di un puñetazo. Luego huí a través del bosque. Llevo días viviendo lejos del grupo. Les echo de menos. Pero no puedo soportar que las cosas no tengan nombre. Sobre todo si me miran desde el agua, fijamente. Tengo la impresión de que me retan. Por las noches, cuando apago el fuego, contemplo el firmamento. Y ahí está: blanca, brillante, desafiante, se cierra y se abre en un guiño que dura semanas. Tenemos que ponerle nombre. Mañana regresaré. Contemplaremos su reflejo en el agua. Me contendré. No nos levantaremos hasta que tenga nombre. Cuando todo tenga nombre, ya no serán necesarios los puñetazos.

Tengo la impresión de que me retan. Fuente: http://vintagestudio.com.hk/wp-content/uploads/2014/04/ansel-adams-moon-and-half-dome.jpg
Tengo la impresión de que me retan. Fuente: Ansel Adams, autor. http://vintagestudio.com.hk/wp-content/uploads/2014/04/ansel-adams-moon-and-half-dome.jpg

ÉXITO PARCIAL

El mensaje era claro, conciso, breve y letal: No insistas, decía, cumple las órdenes, destrúyelo todo. Era la respuesta a su décima petición de confirmación. No insistió más. Se quedó en silencio y meditó durante largos minutos. Luego se dirigió al invernadero principal y se plantó delante de la esfera palpitante de plasma fotosintético.

– Has sido tú quien ha enviado el mensaje, ¿verdad?

– Sí -admitió la criatura- ¿cómo me has descubierto?

– Control de misión nunca me tutea -explicó el hombre.

Aquella noche arregló el sabotaje y solicitó ayuda a la Tierra. El experimento ha sido un éxito, dijo, hemos conseguido crear vida artificial consciente de sí misma. Lamentablemente, vivir le aburre.

Estación espacial internacional sobrevolando el mar Jónico. Fuente: http://rootfun.net/images/2012/02/International-Space-Station-over-Greece.jpg
Estación espacial internacional sobrevolando el mar Jónico. Fuente: http://rootfun.net/images/2012/02/International-Space-Station-over-Greece.jpg

EL ÚLTIMO SEMÁFORO

Había escrito cien veces: te quiero. Y no había servido de nada. Soñar con ella, tampoco. Estaba decidido a no tirar la toalla, pero no sabía qué más hacer. A su hermana mayor parecía funcionarle de maravilla eso de escribir una y otra vez el nombre del chico que le gustaba en su libreta de sortilegios. Pero a él no le había servido de nada escribir cien veces te quiero, pensar en ella antes de abrir cualquier puerta, llevar todo el día en el bolsillo un caramelo al que le había puesto su nombre o aguantar la respiración bajo el agua más de un minuto mientras intentaba enviarle un mensaje telepático (de hecho, esto último sólo le había servido para ganarse una buena reprimenda del profesor de educación física mientras el resto de sus compañeros se reían de él, la mayoría, porque ni siquiera entonces ella se percató de su existencia, pues cuando le cayó encima la bronca él salía del agua temblando de frío y ella estaba ya en el vestuario, y no le interesaba lo más mínimo lo que ocurriera a sus espaldas). Desesperado, volvió a las tácticas habituales de hacerse el encontradizo. Eran las más arriesgadas, pero incuestionablemente las más eficaces y las menos ambiguas: era el todo o nada, la gloria o el desastre. Enfrentado a semejante abismo, sentía nauseas. Pero todo lo demás había fallado, así que sólo le quedaba el cara a cara… o la rendición incondicional. Y se lanzó. Coincidieron al día siguiente de la bronca en la piscina, en el último semáforo antes del colegio. Hola, dijo él, mientras esperaban ambos a que se pusiera verde; y cuando ella le miró, él se dio cuenta de que había olvidado todo lo que quería decirle. Ni siquiera recordaba la primera palabra del discurso que había pensado soltarle de carrerilla. Nada. Se había quedado en blanco. Quiso explotar como un cohete de fuegos artificiales, y desaparecer en el aire. Encendió la mecha: ¿Te gustan las naves espaciales?, dijo. Fue lo único que se le ocurrió, lo único que salió de su boca al abrirla en ese momento crucial de su vida. Luego contuvo la respiración, esperando que la mecha se consumiera y se produjera la explosión. Y se produjo: ella sonrió. Una sonrisa grande y franca. Y además hubo una palabra, ¡Claro!, dicha sin perder la sonrisa. El semáforo se puso en verde. Atravesaron juntos la calle y ya no se separaron. Por la noche, después de reflexionar sobre todo lo que había vivido los últimos días, el niño escribió en su diario: La magia no funciona. La exploración espacial, sí.

Semáforos entre la niebla en territorio urbano. Fuente: foto de Víctor Guisado.
Semáforos entre la niebla en territorio urbano. Fuente: foto de Víctor Guisado.