TODOS FIRMAMOS

Al capitán le dio por pintar extraños bisontes en las paredes de la cueva donde nos refugiábamos. Mezclaba piedras marcianas convenientemente machacadas con aceite de robots estropeados. Conseguía un brillo y una textura semejante a las de las pinturas rupestres. De vez en cuando también dibujaba el perfil de un cohete o una trayectoria de la Tierra a Marte.

– ¿Por qué lo hace? -me atreví a preguntarle un día.

– Para recordaros que cincuenta mil años de historia humana nos contemplan.

– ¡Pues qué bien! -protestó Kurtz-. Tanto esfuerzo para acabar como al principio.

– No -le corrigió el capitán-, no estamos igual que al principio. Ahora miramos a las estrellas y no tenemos miedo. Miramos cara a cara al mundo y no inventamos supersticiones: inventamos cohetes.

Todos firmamos las pinturas con la palma de nuestra mano cuando el oxígeno empezó a escasear.

Todos firmamos. Fuente de la imagen: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f4/SantaCruz-CuevaManos-P2210651b.jpg
Todos firmamos. Fuente de la imagen: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f4/SantaCruz-CuevaManos-P2210651b.jpg

EL ÚLTIMO SEMÁFORO

Había escrito cien veces: te quiero. Y no había servido de nada. Soñar con ella, tampoco. Estaba decidido a no tirar la toalla, pero no sabía qué más hacer. A su hermana mayor parecía funcionarle de maravilla eso de escribir una y otra vez el nombre del chico que le gustaba en su libreta de sortilegios. Pero a él no le había servido de nada escribir cien veces te quiero, pensar en ella antes de abrir cualquier puerta, llevar todo el día en el bolsillo un caramelo al que le había puesto su nombre o aguantar la respiración bajo el agua más de un minuto mientras intentaba enviarle un mensaje telepático (de hecho, esto último sólo le había servido para ganarse una buena reprimenda del profesor de educación física mientras el resto de sus compañeros se reían de él, la mayoría, porque ni siquiera entonces ella se percató de su existencia, pues cuando le cayó encima la bronca él salía del agua temblando de frío y ella estaba ya en el vestuario, y no le interesaba lo más mínimo lo que ocurriera a sus espaldas). Desesperado, volvió a las tácticas habituales de hacerse el encontradizo. Eran las más arriesgadas, pero incuestionablemente las más eficaces y las menos ambiguas: era el todo o nada, la gloria o el desastre. Enfrentado a semejante abismo, sentía nauseas. Pero todo lo demás había fallado, así que sólo le quedaba el cara a cara… o la rendición incondicional. Y se lanzó. Coincidieron al día siguiente de la bronca en la piscina, en el último semáforo antes del colegio. Hola, dijo él, mientras esperaban ambos a que se pusiera verde; y cuando ella le miró, él se dio cuenta de que había olvidado todo lo que quería decirle. Ni siquiera recordaba la primera palabra del discurso que había pensado soltarle de carrerilla. Nada. Se había quedado en blanco. Quiso explotar como un cohete de fuegos artificiales, y desaparecer en el aire. Encendió la mecha: ¿Te gustan las naves espaciales?, dijo. Fue lo único que se le ocurrió, lo único que salió de su boca al abrirla en ese momento crucial de su vida. Luego contuvo la respiración, esperando que la mecha se consumiera y se produjera la explosión. Y se produjo: ella sonrió. Una sonrisa grande y franca. Y además hubo una palabra, ¡Claro!, dicha sin perder la sonrisa. El semáforo se puso en verde. Atravesaron juntos la calle y ya no se separaron. Por la noche, después de reflexionar sobre todo lo que había vivido los últimos días, el niño escribió en su diario: La magia no funciona. La exploración espacial, sí.

Semáforos entre la niebla en territorio urbano. Fuente: foto de Víctor Guisado.
Semáforos entre la niebla en territorio urbano. Fuente: foto de Víctor Guisado.