PIERDE EL MIEDO

Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Entra decidido y se tumba ante las bestias sin que éstas le presten atención. Desde el suelo, alza la mirada y busca un punto situado en el techo de la jaula. Ahí está: la ventana al infinito, el punto conectado con todos los puntos del Universo. ¿Ves?, exclama, sin dejar de mirarlo, cuando está activado, los leones no te atacan. El amigo le mira asombrado pero se mantiene fuera de la jaula. Para acabar de convencerle, le tiende la mano y dice: Ven, si quieres contemplar el Aleph, deberás perder el miedo a los leones.

Helix nebula. Fuente: cortesía de la ESA/VLT http://www.eso.org/public/archives/images/publicationjpg/eso0907a.jpg
Helix nebula. Fuente: cortesía de la ESA/VLT http://www.eso.org/public/archives/images/publicationjpg/eso0907a.jpg
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LA PATERA CÓSMICA

En una expedición previa a la que le haría ganar la posteridad, Ernest H. Shackleton ordenó dar media vuelta cuando le faltaban relativamente pocos kilómetros para llegar a su meta: el Polo Sur. Sucedió en 1909, cuando aún nadie había dejado huella en aquel lejano rincón del planeta. Si hubieran seguido adelante, él y sus hombres habrían sido los primeros en pisarlo. Sin embargo, ordenó detener la expedición y regresar. Lo hizo por salvar la vida, la suya y la de sus hombres. Se estaban quedando sin provisiones y tuvo que escoger entre la gloria de ser el primer ser humano en pisar el Polo Sur o el honor de regresar con todos sus hombres a salvo, entre la Historia o la grandeza silenciosa de saber renunciar a tiempo. Escogió lo segundo y, aun así, durante el camino de regreso, estuvieron a punto de morir todos de inanición.

La patera cósmica, disponible en Amazon.
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Es difícil imaginar la dureza de las condiciones que tuvieron que soportar durante todo su viaje, y en especial en el trayecto de regreso, cuando sus vidas pendían de un hilo. Para cualquier persona que no se haya alejado nunca de una carretera asfaltada, de una buena pista forestal o de un refugio de montaña requiere realizar un esfuerzo consciente si quiere llegar a comprender, o al menos intuir, a lo que se enfrentaron aquellos hombres. Vivir en un entorno controlado nos permite vivir tranquilos: estamos acostumbrados a conseguir pan en las panaderías y agua al abrir un grifo. Y es agua potable, e incluso puede estar agradablemente caliente, si así lo deseamos. Sobre todo, vivir en un entorno controlado nos proporciona una sensación de control sobre nuestro hábitat. Esta sensación de control influye en nuestra forma de pensar y de vivir nuestro día a día, y nos protege del miedo y de la angustia que sentiríamos si nos supiéramos a merced de fuerzas que están más allá de cualquier voluntad humana. Por eso es muy difícil ponerse en la piel de un puñado de hombres que avanzan por los páramos helados de la Antártida contando los días que tienen ante ellos de viaje y las galletas que les quedan para llenarlos. Esos hombres estaban solos. No tenían a quien pedir ayuda ni refugio alguno en el que descansar un rato de la pesadilla en la que se habían metido. Eran un puñado de motas de polvo avanzando en un paisaje de dimensiones inhumanas. Lo único que les distinguía de los copos de nieve era la voluntad que les animaba: eran llamas de voluntad viva. Ardían en medio del desierto helado como puntitos insignificantes de luz en medio de un firmamento totalmente negro. El viento, el agua y el frío habían trabajado sobre ellos como un escultor trabaja el mármol: sin piedad, hasta dejarlo desnudo de retórica e intrascendencias, hasta hacer aflorar lo que se esconde en las profundidades. Al final ocurre siempre lo mismo: el sufrimiento extremo embota la mente y hace desaparecer el intelecto con el que estamos acostumbrados a identificarnos y al que hacemos intermediar con el mundo en nuestro nombre. Una vez borrada del mapa la mente ordenada y familiar, en medio de un escenario natural inconmensurable y absolutamente impasible ante el padecimiento humano, aflora a la superficie el material del que realmente estamos hechos, la llama que arde en nuestro interior bajo capas y capas de mármol, de panaderías donde comprar el pan y grifos fáciles de abrir.

Hay llamas que se crecen al verse libres, otras se apagan extenuadas ante la inmensidad de la noche y la pequeñez de sus fuerzas. Es probable que la mayoría de nosotros nunca conozca con certeza qué clase de fuego arde en su interior, y seguramente está bien que así sea, pero Shackleton y sus hombres no tuvieron tanta suerte. En aquel viaje de vuelta, en el que les faltó poco para morir de hambre, al borde de la congelación y seguramente de la locura, con los escasos víveres racionados hasta las migajas, el propio Shackleton renunció un día a la galleta que le correspondía aquella jornada en favor de uno de sus compañeros, que enfermo como estaba sólo toleraba ese tipo de alimento.

El hombre no olvidó jamás aquel gesto y estuvo dispuesto a acompañarlo en la expedición siguiente, en 1914, cuando el Polo Sur ya había sido hollado -por Amundsen en 1911- y el objetivo de Shackleton era, si cabe, aún más ambicioso que en su expedición anterior: atravesar caminando todo el continente helado. En esta nueva ocasión, sin embargo, ni siquiera consiguieron llegar hasta el punto de tierra firme donde tenían previsto iniciar la travesía de la Antártida: les detuvieron los hielos guardianes del continente, a tan sólo un día de navegación de la costa donde iban a desembarcar. (…)

Este es el fragmento inicial de la primera parte de La patera cósmica. ¿Te ha gustado? ¿Te gustaría saber cómo acaba la historia? Está disponible en Amazon.es a través de este enlace:

http://www.amazon.es/patera-c%C3%B3smica-V%C3%ADctor-Guisado-Mu%C3%B1oz-ebook/dp/B00US3EWWG/

TEATRO DE MARIONETAS

Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Su amigo intenta salvarle, pero yo soy más poderoso: soy la voz que oye en su cabeza. Me obedece convencido de obedecer al dios en el que cree, y se planta ante los leones sin temor alguno. El amigo ve impotente cómo las bestias le matan y casi le devoran. Cuando recuperan los restos, pide, por favor, que le permitan diseccionar el cuerpo. Muevo los hilos apropiados para que le sea concedido, y observo durante días cómo estudia el cerebro al que no pudo disuadir. Quiere comprender. Quizá dentro de siglos el ser humano sea un rival digno. Por ahora, no es más que un juguete.

Estamos en la prehistoria de la auténtica historia del ser humano, si es que alguna vez llegamos a tener historia. Fuente: https://doninmass.files.wordpress.com/2012/10/520391main_2011-1643-m_full.jpg
Estamos en la prehistoria de la auténtica historia del ser humano, si es que alguna vez llegamos a tener historia. Fuente: https://doninmass.files.wordpress.com/2012/10/520391main_2011-1643-m_full.jpg

AMANTE ENTRE LEONES

Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Él no puede creer que lo haga en serio. Cuando comprende que sí, que va en serio, es ya demasiado tarde. Corre hacia ella pero el león llega antes, pasa su zarpa por las rejas y le desgarra la espalda. Él llega justo después, arrebata el juguete a la fiera como puede, la sostiene en sus brazos, se empapa de sangre. La gente grita y pide ayuda. ¿Qué has hecho?, pregunta consternado. ¿Ves como sí me quieres?, responde ella, y acto seguido se desmaya. Él aprovecha para escribir un mensaje a su amante y retrasar la cita de aquella tarde.

Madame Butterfly. La imagen está tomada de la portada del excelente libro ilustrado Madame Butterfly, de Benjamin Lacombe, editado por la editorial Edelvives. http://image.casadellibro.com/a/l/t0/24/9788426392824.jpg
Madame Butterfly. La imagen está tomada de la portada del excelente libro ilustrado Madame Butterfly, de Benjamin Lacombe, editado por la editorial Edelvives. http://image.casadellibro.com/a/l/t0/24/9788426392824.jpg

CONTACTO

Pudo esquivar la primera piedra porque no pensó en lo que estaba sucediendo. Con la segunda no tuvo tanta suerte: la sorpresa ya había embotado sus reflejos y el proyectil impactó contra su hombro derecho después de rozarle la mejilla. La tercera le dio en el muslo, cuando ya caía al suelo. Frenó el impacto con la palma de las manos y las rodillas, como pudo. La bicicleta se le enredó en las piernas. Se hizo bastante daño. Los pedales le arañaron los tobillos. Tenía ganas de llorar. Pero no lo hizo. Eso hubiera sido darles una satisfacción muy grande. Los niños se habían escondido detrás de una esquina y habían salido por sorpresa lanzando piedras y gritando cuando ella pasaba con la bicicleta.

– ¡Las niñas no van en bici! -vociferaban embravecidos.

Haberse caído de la bici ya era humillación bastante. No quería, encima, que la vieran llorar. Así que aguantó el dolor apretando los dientes y contuvo las lágrimas.

Los niños no se atrevieron a acercarse. Lanzaron unas cuantas piedras más, de las que se protegió como pudo, y se fueron corriendo antes de que ella pudiera levantarse, como si temieran que pudiera replicarles lanzándoles la bicicleta por la cabeza.

Sus risas y sus gritos se fueron atenuando a medida que se alejaban.

Ella se quedó sentada en el suelo unos minutos, triste. Nadie la ayudó. Su vestido se había roto y estaba lleno de polvo. El pañuelo que cubría su cabeza se había desplazado y su melena había quedado libre. Sentía el viento agitar su cabello. Suspiró. La gente que pasaba cerca la miraba y ella se sentía desnuda. Pero no se dejó intimidar. Recogió de nuevo su melena manteniendo la mirada alta y se colocó bien el pañuelo. Luego contempló la palma de sus manos. Había sangre en sus manos, y le dolían. También le dolían las rodillas, y el hombro y el muslo. Regresó a su casa caminando, lentamente. Sabía que al llegar su madre le reñiría, por haber ido en bici, por haberse caído, por ir sucia, por haber roto el vestido, por haber llamado la atención. Ese carácter no sería bueno a la hora de buscar marido.

Recordó a aquel señor tan raro que había visto un par de veces en internet, antes de que su madre le quitara el ordenador. Tenía las orejas puntiagudas y con la mano alzada y los dedos anular y corazón separados decía:

– Live long and prosper.

No entendía muy bien nada de lo que le sucedía a aquel señor, pero le caía bien. Las pocas veces que lo había visto le habían bastado para comprender que era un bicho raro, como ella. De vez en cuando pensaba en él durante el día, y muchas noches soñaba que aparecía en la terraza de su casa, junto con sus amigos, casi tan raros como él, y se ponían hablar. Con ellos podía hablar de cualquier cosa sin miedo. Les hacía todas las preguntas que bullían en su cabeza y nunca se atrevía a hacer en el colegio. Ellos le explicaban con paciencia todo lo que sabían y todo lo que habían visto en sus viajes. Al despertar nunca recordaba las respuestas, sólo las preguntas, y alguna que otra palabra suelta, pero era divertido tener esos sueños.

– Capitana Suhayma, ¿se encuentra bien?

La voz del primer oficial la sobresaltó. Apartó la vista de la Tierra y sonrió. El albedo azul del planeta iluminaba tenuemente el interior de la cúpula de observación. El hombre que se había preocupado por ella flotaba en caída libre a poco más de un metro de distancia de su rostro y esperaba pacientemente una respuesta. Ella tardó aún unos segundos en responder. Pensó que le llenaba de paz contemplar la Tierra desde el espacio y que había luchado mucho por conseguir estar donde estaba.

– Sí -respondió finalmente, sin perder la sonrisa-, me encuentro muy bien. Sólo recordaba la primera bicicleta que tuve, cuando aún era una niña.

Live long and prosper. Fuente: https://pbs.twimg.com/media/B-99gBAU8AAqx1b.jpg:large
Live long and prosper. Fuente: https://pbs.twimg.com/media/B-99gBAU8AAqx1b.jpg:large