LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO

El corredor era más fuerte que el infinito dolor del kilómetro treinta y cinco, pero pensó que unas pocas gotas de agua mojándole los labios quizá no le irían mal. Inmediatamente, un ángel se materializó sobre su cabeza, se sentó sobre sus hombros y preguntó:

– ¿Qué te hace pensar, humano, que tu ángel de la guarda se apiadará de ti?

Fotograma de La soledad del corredor de fondo, basada en el relato del mismo título de Alan Sillitoe. Fuente: https://ishootthepictures.files.wordpress.com/2010/09/vlcsnap-2010-09-09-22h56m00s196.png
Fotograma de La soledad del corredor de fondo, basada en el relato del mismo título de Alan Sillitoe. Fuente: https://ishootthepictures.files.wordpress.com/2010/09/vlcsnap-2010-09-09-22h56m00s196.png
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SEMBRAR BISONTES

Pintando aquellos extraños bisontes en libretas y papeles. Así pasaba el tiempo mientras el profesor explicaba, cualquiera que fuera la asignatura. La mayoría de profesores le habían dejado por imposible. El resto alentaba su obsesión, con la esperanza de que si la cultivaba con ahínco acabara convirtiéndose en ilustrador o pintor. No sabían lo que hacían. Un día repartió por el camino que llevaba hasta el colegio todos los dibujos que había hecho, unos cuantos cientos. Cuando hubo acabado, una ventisca se alzó y se llevó por los aires todas sus obras. Al día siguiente, justo antes de empezar las clases, una estampida de bisontes arrasó el colegio y los campos colindantes. Se suspendieron las clases durante días, y nos alegramos. A decir verdad, también nos alegramos de que no hubiera dibujado lobos.

Sembrar bisontes. Fuente:  http://abcnews.go.com/images/International/AP_week_in_pictures_banksy_jef_150227.jpg
Sembrar bisontes. Fuente: http://abcnews.go.com/images/International/AP_week_in_pictures_banksy_jef_150227.jpg

 

EL VIGÍA CIEGO

No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde. En la ciudad es casi imposible inhalar una bocanada de aire limpio. Y los lunes es peor. Hay más tráfico, y más rápido y nervioso. No puedo ver los vehículos. Pero lo noto. Debería de ser como cualquier otro día de la semana pero en la práctica hay más ruido, más bocinazos y frenazos, más prisa, menos ganas. Gritos. Vibraciones. Golpes. Empieza la semana, la gente está nerviosa. Se nota incluso en los niños, que pasan a mi lado y me pegan más de lo normal. Ahora por la tarde todo está más tranquilo, lo peor ha pasado. La luz declina, oscurece. Se intuye la noche, el aire es más fresco. Más limpio. Se respira mejor. He sobrevivido. Un día más. Es difícil y cansado ser un árbol urbano.

 

 

Dinosaurio urbano. Foto: Víctor Guisado Muñoz.
Dinosaurio urbano. Foto: Víctor Guisado Muñoz.
La Pedrera, Barcelona. Foto: Víctor Guisado Muñoz.
La Pedrera, Barcelona. Foto: Víctor Guisado Muñoz.
Anochecer en el rompeolas, Barcelona. Foto: Víctor Guisado Muñoz.
Anochecer en el rompeolas, Barcelona. Foto: Víctor Guisado Muñoz.

CIEN PALABRAS

– Usted es el primero que franquea esta puerta.

– Ya será menos.

– Bueno -aclaró el comercial-, usted es el primero que franquea esta puerta como propietario.

– Ah, como propietario -puntualizó él, y se quedó pensativo.

Había invertido todos los ahorros de su vida en aquel piso y ahora, que por fin lo había estrenado, sólo se le ocurría decir:

– Parece más pequeño de lo que parecía sobre plano.

– No importa -había sentenciado el comercial- sea grande o pequeño es su triunfo.

– Claro – había respondido él -, mi triunfo, en esta época de crisis y desasosiego conseguir llegar a ser propietario es un gran logro, una victoria indiscutible. Por supuesto.

El comercial no había captado el tono irónico de su afirmación y se había lanzado a un largo e irreflexivo discurso sobre las ventajas de los pisos pequeños. Él no le escuchó más. Desconectó su atención de aquel torrente agotador de palabras y decidió, justo en aquel momento, adornar las paredes de su recién adquirido piso con sus propias palabras. Estamparía en aquellas paredes tan blancas un relato contemporáneo, una obra que fuera el equivalente, en aquella época convulsa, a una pintura rupestre de la prehistoria. Reflejaría en las paredes de su cueva lo que le había tocado vivir: un tiempo en el que a tanta gente se le iba la vida persiguiendo sueldos de miseria en lugar de cazando épicamente. Ahora, solo por fin, abandonado a su suerte, arropado por el silencio de la noche, sentado frente a una pared llena de palabras iluminada por una única bombilla, se daba cuenta de que el piso era tan pequeño que no le daba ni para un relato de cien palabras.

Hong Kong, 2004. Autor: Edward Burtynsky. Fuente: http://www.edwardburtynsky.com/site_contents/Photographs/China.html
Hong Kong, 2004. Autor: Edward Burtynsky. Fuente: http://www.edwardburtynsky.com/site_contents/Photographs/China.html

MIRE EL ESPEJO

– Usted es el primero que la abre.

– ¿En serio? -pregunté, incrédulo.

– Por supuesto -aseguró-, es el primero. No bromeo.

Mientras hablaba, se paseaba justo por el borde de la caja abierta. Iba y venía por el filo como un funámbulo por la cuerda y mantenía, al mismo tiempo, sus ojos fríos y brillantes clavados en mi, relamiendo su recién estrenada libertad y pavoneándose de un equilibrio que parecía imposible.

– Y al final -susurré-… estás vivo.

Pero al oír estas palabras se detuvo en seco. Me miró fijamente. Su expresión cambió. Su mirada brilló, su sonrisa se hizo más sibilina.

– ¿Quién le ha dicho que estoy vivo? -preguntó.

– Es evidente -respondí.

– ¿Usted cree? -preguntó el felino-. Mire el espejo.

Mire el espejo. Fuente: Seokmin Ko, The Square 9, http://www.seokminko.com/#!the-square/cjfy
Mire el espejo. Fuente: Seokmin Ko, The Square 9, http://www.seokminko.com/#!the-square/cjfy

 

EL ENTERADO

Este se va a enterar de lo que vale un peine, masculló el profesor mientras miraba fijamente al alumno. El chico había estado lanzando aviones de papel durante buena parte de la clase y ahora, por fin, le había pillado in fraganti, avión en mano a punto de ser lanzado. El adolescente, en lugar de mostrarse contrito, exclamó: ¡A ver, profe, yo estoy bien enterado del precio de los peines, en todo caso tendrá que enterarse usted!. El resto de la clase rió. El profesor apretó los dientes y se pasó la mano derecha por la calva, como si se mesara un cabello en realidad inexistente, o pretendiera apaciguar la fiebre.

Niños en la escuela. Deleitosa (Cáceres, 1951). La fotografía es de Eugene Smith y forma parte del reportaje que hizo en el año 1951 sobre el pueblo de Deleitosa. Fuente: http://www.magnumphotos.com/C.aspx?VP3=SearchResult&VBID=24PVHK3VRMTUP&SMLS=1&RW=1278&RH=702
Niños en la escuela. Deleitosa (Cáceres, 1951). La fotografía es de Eugene Smith y forma parte del reportaje que hizo en el año 1951 sobre el pueblo de Deleitosa. Fuente: http://www.magnumphotos.com/C.aspx?VP3=SearchResult&VBID=24PVHK3VRMTUP&SMLS=1&RW=1278&RH=702

CIEN METROS LISOS

Había escrito cien veces: te quiero. Había escrito clavando el bolígrafo en la hoja de papel, desgarrándola, a veces, sin hacer caso del dolor ni ceder al cansancio. Había escrito furiosa: te quiero, te quiero, te quiero… Sus letras devoraban el papel en blanco a la misma velocidad que las musculosas piernas de los velocistas devoran el espacio hasta la meta. Lamentablemente, para ella no había meta ni horizonte alcanzable. Al final, se rindió. Un avión despegaba en el aeropuerto cercano, otro aterrizaba. Nada había cambiado. Lo siguiente que escribió fue: te odio. Y lo subrayó. Y entonces, por fin, se empijamó y se durmió.

Víctor Guisado Muñoz – 2014

Aeropuerto por la noche. (Fuente: http://i.imgur.com/hsGARtL.jpg)
Aeropuerto por la noche. (Fuente: http://i.imgur.com/hsGARtL.jpg)