EL LIBRO DESNUDO

Sin saber por qué, le di un puñetazo. La violencia del golpe me sorprendió incluso a mi. Pero el libro ni se inmutó. Me había regalado el libro sin dedicatoria, desnudo. Envuelto en un papel muy bonito, sí, pero podía ser el regalo de cualquiera. Era una forma de decirme que ya no se desnudaría nunca más ante mi, sólo ante el otro. En realidad, sabía muy bien por qué había golpeado el libro. Lo que me había sorprendido había sido hacerlo sin pensarlo dos veces, el que el instinto me hubiera tomado por sorpresa. Decidí quemar el libro. Contemplar las llamas, dispersar las cenizas por el bosque. Esa sí fue una decisión bien sopesada.

Continuación del horizonte. Autor: Víctor Guisado Muñoz.
Continuación del horizonte. Autor: Víctor Guisado Muñoz.
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CUANDO TODO TENGA NOMBRE

Sin saber por qué, le di un puñetazo. Luego huí a través del bosque. Llevo días viviendo lejos del grupo. Les echo de menos. Pero no puedo soportar que las cosas no tengan nombre. Sobre todo si me miran desde el agua, fijamente. Tengo la impresión de que me retan. Por las noches, cuando apago el fuego, contemplo el firmamento. Y ahí está: blanca, brillante, desafiante, se cierra y se abre en un guiño que dura semanas. Tenemos que ponerle nombre. Mañana regresaré. Contemplaremos su reflejo en el agua. Me contendré. No nos levantaremos hasta que tenga nombre. Cuando todo tenga nombre, ya no serán necesarios los puñetazos.

Tengo la impresión de que me retan. Fuente: http://vintagestudio.com.hk/wp-content/uploads/2014/04/ansel-adams-moon-and-half-dome.jpg
Tengo la impresión de que me retan. Fuente: Ansel Adams, autor. http://vintagestudio.com.hk/wp-content/uploads/2014/04/ansel-adams-moon-and-half-dome.jpg

LAS PRIMERAS PALABRAS

Este se va a enterar de lo que vale un peine, repetía una y otra vez. Al mismo tiempo, saltaba alrededor de su profesor con el mismo entusiasmo de un niño con un juguete nuevo. Peine. Este se va a enterar. Vale. Por algún extraño motivo, que el profesor no alcanzaba a vislumbrar, aquellas palabras y combinadas de aquella manera le hacían mucha gracia y se había obsesionado con ellas. Las repetía una y otra vez a la menor ocasión. Al principio, al profesor le hacía gracia pero ya a estas alturas estaba francamente contrariado. ¡Vamos!, gritó una vez más, con voz autoritaria, ¡Por todos los océanos, tienes que aprender más palabras, Illiyldi, no te puedes quedar varado en esa frase!. El delfín modificado genéticamente no le hizo ni caso. Continuó saltando y jugando en el agua sin esperar el permiso del hombre.

El océano. Fotografía de Hiroshi Sugimoto. Fuente: http://landonepp.umwblogs.org/2014/10/02/hiroshi-sugimoto/
El océano. Fotografía de Hiroshi Sugimoto. Fuente: http://landonepp.umwblogs.org/2014/10/02/hiroshi-sugimoto/

EL ENTERADO

Este se va a enterar de lo que vale un peine, masculló el profesor mientras miraba fijamente al alumno. El chico había estado lanzando aviones de papel durante buena parte de la clase y ahora, por fin, le había pillado in fraganti, avión en mano a punto de ser lanzado. El adolescente, en lugar de mostrarse contrito, exclamó: ¡A ver, profe, yo estoy bien enterado del precio de los peines, en todo caso tendrá que enterarse usted!. El resto de la clase rió. El profesor apretó los dientes y se pasó la mano derecha por la calva, como si se mesara un cabello en realidad inexistente, o pretendiera apaciguar la fiebre.

Niños en la escuela. Deleitosa (Cáceres, 1951). La fotografía es de Eugene Smith y forma parte del reportaje que hizo en el año 1951 sobre el pueblo de Deleitosa. Fuente: http://www.magnumphotos.com/C.aspx?VP3=SearchResult&VBID=24PVHK3VRMTUP&SMLS=1&RW=1278&RH=702
Niños en la escuela. Deleitosa (Cáceres, 1951). La fotografía es de Eugene Smith y forma parte del reportaje que hizo en el año 1951 sobre el pueblo de Deleitosa. Fuente: http://www.magnumphotos.com/C.aspx?VP3=SearchResult&VBID=24PVHK3VRMTUP&SMLS=1&RW=1278&RH=702

EL HOMBRE MISMO

Álzate en la superficie de la Luna. Sólo tú ante las estrellas. Sin nave, sin traje, desnudo. Entre la radiación y tu piel no hay protección alguna. Caminas con los pies descalzos. ¿Qué aire respiras? Ninguno, eres como las ballenas: contienes el aliento ante la inmensidad. Tierra llena en el firmamento, iluminada por el Sol, que se pone a tus espaldas. En el desierto no se mueve nada, no hay brizna de hierba ni hay brisa alguna, no hay la más tenue chispa de sonido; sí hay tus huellas, que permanecen en una superficie casi tan antigua como el Sol. El horizonte y luego las estrellas. ¿Por qué sientes que son tu hogar? Erguido en la superficie de la Luna miras a tu alrededor. Buscas el monolito. Pero no hay monolito. El hombre mismo es el monolito.

Después de leer esta nota, escrita en las hojas del árbol que empezó a crecer en su jardín al amanecer de una noche de lágrimas de San Lorenzo, Eduardo Urquiza comprendió dos cosas: primera, las señales en código morse que solía hacer con su linterna mirando a las estrellas cuando era aún más niño de lo que era ahora y pasaba noches enteras en el campo, de excursión con su familia, quizá sí habían sido vistas por alguien, después de todo; segunda, él, muy a pesar de su padre, no iba a estudiar Contabilidad y Finanzas Empresariales.

Astronauta del Apollo XVII en la superficie de la Luna. Fuente: http://apod.nasa.gov/apod/image/0612/moonpan_apollo17.jpg
Astronauta del Apollo XVII en la superficie de la Luna. Fuente: http://apod.nasa.gov/apod/image/0612/moonpan_apollo17.jpg

ÉXITO PARCIAL

El mensaje era claro, conciso, breve y letal: No insistas, decía, cumple las órdenes, destrúyelo todo. Era la respuesta a su décima petición de confirmación. No insistió más. Se quedó en silencio y meditó durante largos minutos. Luego se dirigió al invernadero principal y se plantó delante de la esfera palpitante de plasma fotosintético.

– Has sido tú quien ha enviado el mensaje, ¿verdad?

– Sí -admitió la criatura- ¿cómo me has descubierto?

– Control de misión nunca me tutea -explicó el hombre.

Aquella noche arregló el sabotaje y solicitó ayuda a la Tierra. El experimento ha sido un éxito, dijo, hemos conseguido crear vida artificial consciente de sí misma. Lamentablemente, vivir le aburre.

Estación espacial internacional sobrevolando el mar Jónico. Fuente: http://rootfun.net/images/2012/02/International-Space-Station-over-Greece.jpg
Estación espacial internacional sobrevolando el mar Jónico. Fuente: http://rootfun.net/images/2012/02/International-Space-Station-over-Greece.jpg

EL ÚLTIMO SEMÁFORO

Había escrito cien veces: te quiero. Y no había servido de nada. Soñar con ella, tampoco. Estaba decidido a no tirar la toalla, pero no sabía qué más hacer. A su hermana mayor parecía funcionarle de maravilla eso de escribir una y otra vez el nombre del chico que le gustaba en su libreta de sortilegios. Pero a él no le había servido de nada escribir cien veces te quiero, pensar en ella antes de abrir cualquier puerta, llevar todo el día en el bolsillo un caramelo al que le había puesto su nombre o aguantar la respiración bajo el agua más de un minuto mientras intentaba enviarle un mensaje telepático (de hecho, esto último sólo le había servido para ganarse una buena reprimenda del profesor de educación física mientras el resto de sus compañeros se reían de él, la mayoría, porque ni siquiera entonces ella se percató de su existencia, pues cuando le cayó encima la bronca él salía del agua temblando de frío y ella estaba ya en el vestuario, y no le interesaba lo más mínimo lo que ocurriera a sus espaldas). Desesperado, volvió a las tácticas habituales de hacerse el encontradizo. Eran las más arriesgadas, pero incuestionablemente las más eficaces y las menos ambiguas: era el todo o nada, la gloria o el desastre. Enfrentado a semejante abismo, sentía nauseas. Pero todo lo demás había fallado, así que sólo le quedaba el cara a cara… o la rendición incondicional. Y se lanzó. Coincidieron al día siguiente de la bronca en la piscina, en el último semáforo antes del colegio. Hola, dijo él, mientras esperaban ambos a que se pusiera verde; y cuando ella le miró, él se dio cuenta de que había olvidado todo lo que quería decirle. Ni siquiera recordaba la primera palabra del discurso que había pensado soltarle de carrerilla. Nada. Se había quedado en blanco. Quiso explotar como un cohete de fuegos artificiales, y desaparecer en el aire. Encendió la mecha: ¿Te gustan las naves espaciales?, dijo. Fue lo único que se le ocurrió, lo único que salió de su boca al abrirla en ese momento crucial de su vida. Luego contuvo la respiración, esperando que la mecha se consumiera y se produjera la explosión. Y se produjo: ella sonrió. Una sonrisa grande y franca. Y además hubo una palabra, ¡Claro!, dicha sin perder la sonrisa. El semáforo se puso en verde. Atravesaron juntos la calle y ya no se separaron. Por la noche, después de reflexionar sobre todo lo que había vivido los últimos días, el niño escribió en su diario: La magia no funciona. La exploración espacial, sí.

Semáforos entre la niebla en territorio urbano. Fuente: foto de Víctor Guisado.
Semáforos entre la niebla en territorio urbano. Fuente: foto de Víctor Guisado.