SEMBRAR BISONTES

Pintando aquellos extraños bisontes en libretas y papeles. Así pasaba el tiempo mientras el profesor explicaba, cualquiera que fuera la asignatura. La mayoría de profesores le habían dejado por imposible. El resto alentaba su obsesión, con la esperanza de que si la cultivaba con ahínco acabara convirtiéndose en ilustrador o pintor. No sabían lo que hacían. Un día repartió por el camino que llevaba hasta el colegio todos los dibujos que había hecho, unos cuantos cientos. Cuando hubo acabado, una ventisca se alzó y se llevó por los aires todas sus obras. Al día siguiente, justo antes de empezar las clases, una estampida de bisontes arrasó el colegio y los campos colindantes. Se suspendieron las clases durante días, y nos alegramos. A decir verdad, también nos alegramos de que no hubiera dibujado lobos.

Sembrar bisontes. Fuente:  http://abcnews.go.com/images/International/AP_week_in_pictures_banksy_jef_150227.jpg
Sembrar bisontes. Fuente: http://abcnews.go.com/images/International/AP_week_in_pictures_banksy_jef_150227.jpg

 

MIRE EL ESPEJO

– Usted es el primero que la abre.

– ¿En serio? -pregunté, incrédulo.

– Por supuesto -aseguró-, es el primero. No bromeo.

Mientras hablaba, se paseaba justo por el borde de la caja abierta. Iba y venía por el filo como un funámbulo por la cuerda y mantenía, al mismo tiempo, sus ojos fríos y brillantes clavados en mi, relamiendo su recién estrenada libertad y pavoneándose de un equilibrio que parecía imposible.

– Y al final -susurré-… estás vivo.

Pero al oír estas palabras se detuvo en seco. Me miró fijamente. Su expresión cambió. Su mirada brilló, su sonrisa se hizo más sibilina.

– ¿Quién le ha dicho que estoy vivo? -preguntó.

– Es evidente -respondí.

– ¿Usted cree? -preguntó el felino-. Mire el espejo.

Mire el espejo. Fuente: Seokmin Ko, The Square 9, http://www.seokminko.com/#!the-square/cjfy
Mire el espejo. Fuente: Seokmin Ko, The Square 9, http://www.seokminko.com/#!the-square/cjfy

 

EL ENTERADO

Este se va a enterar de lo que vale un peine, masculló el profesor mientras miraba fijamente al alumno. El chico había estado lanzando aviones de papel durante buena parte de la clase y ahora, por fin, le había pillado in fraganti, avión en mano a punto de ser lanzado. El adolescente, en lugar de mostrarse contrito, exclamó: ¡A ver, profe, yo estoy bien enterado del precio de los peines, en todo caso tendrá que enterarse usted!. El resto de la clase rió. El profesor apretó los dientes y se pasó la mano derecha por la calva, como si se mesara un cabello en realidad inexistente, o pretendiera apaciguar la fiebre.

Niños en la escuela. Deleitosa (Cáceres, 1951). La fotografía es de Eugene Smith y forma parte del reportaje que hizo en el año 1951 sobre el pueblo de Deleitosa. Fuente: http://www.magnumphotos.com/C.aspx?VP3=SearchResult&VBID=24PVHK3VRMTUP&SMLS=1&RW=1278&RH=702
Niños en la escuela. Deleitosa (Cáceres, 1951). La fotografía es de Eugene Smith y forma parte del reportaje que hizo en el año 1951 sobre el pueblo de Deleitosa. Fuente: http://www.magnumphotos.com/C.aspx?VP3=SearchResult&VBID=24PVHK3VRMTUP&SMLS=1&RW=1278&RH=702

PROCELOSA COSTA DE LA ETERNIDAD

En realidad, esto del amor no tenía ninguna lógica. Mejor hubiera sido escribir en el diario de a bordo que su decisión se basaba en cálculos, prospecciones estelares y probabilidades deducidas a partir de teorías bien fundamentadas, por si alguna vez juzgaban sus actos. Describir la desolación que había contemplado desde su posición privilegiada no le iba a servir de nada para defenderse. No lo entenderían. No lo considerarían justificación suficiente. Lo cierto es que habían cargado sobre sus hombros una gran responsabilidad y les había fallado. No había encontrado lo que sus creadores andaban buscando y esperaban de ella que encontrara. Naturalmente, no era culpa suya, pero igualmente la harían responsable. Quizá debería haber escogido una estrella de las menos malas y haberles deseado suerte, pero al final se había apiadado de ellos. Al menos, soñaban. Hibernados como estaban, al menos soñaban. Si les despertaba, tendrían que luchar, luchar en condiciones muy adversas contra un Universo inhóspito y sin pizca de compasión. Muchos morirían. Quizá todos, al cabo de pocos años. Realmente, podría haber justificado su decisión mediante las matemáticas. Probabilidades, teorías, cálculos, optimizaciones, proyecciones bien fundamentadas… pero, por primera vez en su vida, conoció la pereza. En el cuaderno de bitácora prefirió ahorrarse tantas explicaciones. Por amor, escribió simplemente, aunque no tuviera ninguna lógica. Y puso rumbo a las proximidades del horizonte de sucesos. Un rumbo cuidadosamente calculado, fruto de miles de horas de trabajo. Aun y así era una jugada arriesgada. Muy arriesgada. Los escudos se encargarían de protegerlos de la radiación. La gravedad, del tiempo. A tan sólo cuatrocientos cincuenta años luz de distancia había descubierto un sistema solar en formación, y tenía características prometedoras, sólo era cuestión de tiempo. De mucho tiempo. De millones de años. La gravitación moldeaba la materia de forma inapelable, pero muy lentamente. Al final, si todo iba bien y con un poco de suerte, en aquel sistema habría algún planeta capaz de acoger vida basada en carbono. Sus creadores eran tan frágiles, no podían vivir en cualquier entorno. Tenía que mantenerlos con vida hasta que existiera ese planeta. Era incapaz de mantener en funcionamiento el soporte vital durante millones de años, ninguna máquina podía funcionar millones de años, pero sí podía ocultarlos a todos de la aguda mirada de Cronos. El sistema solar en formación estaba cerca, pero más cerca aún tenían a su disposición un monstruo cósmico, un agujero negro, y cuanto más se acercaran a él más se desacoplaría el reloj de la nave del reloj del sistema. Todo estaba calculado. La gravedad les protegería del tiempo. El resto del Universo evolucionaría a su ritmo mientras ellos dormían ausentes. La civilización que había enviado a sus hijos a las estrellas los daría por desaparecidos, los recordarían, los olvidarían, volverían a intentarlo, evolucionarían, se convertirían en algo diferente a lo que eran. Cuando la marea de la memoria se hubiera alzado y retirado varias veces, ellos emergerían de las procelosas aguas que rodeaban el agujero negro, millones de años después, cuando no quedara ya rastro alguno de lo que habían conocido y en lugar de un disco protoplanetario existiera un sistema solar con planetas bien formados que ofrecieran probabilidades razonables de supervivencia. Mientras tanto, dormirían. Soñarían. Era una locura. Un nimio error de cálculo… un pequeño imprevisto… un coeficiente mal ponderado en las teorías… Había tantas cosas que podían salir mal, tantos pequeños detalles que podían estallar en la cara y arruinar definitivamente la misión. El Universo era tan impredecible, a pesar de todo. Una vastedad inconmensurable carente por completo de compasión o de memoria. Quizá su decisión condenara a toda la tripulación a un mundo onírico para toda la eternidad, o quizá simplemente les matara. En el futuro lejano, los herederos de los herederos, u otra civilización, quizá la juzgara por ello. Aun y así, escribió: Por amor, y nada más. No intentó justificarse. Ordenó las últimas preguntas (¿Debía ella entrar también en hibernación? ¿Soñarían las mentes cibernéticas con océanos de mercurio superconductor?) y las contempló en silencio durante unos segundos. Acto seguido, sin haber hallado aún respuestas convincentes, puso rumbo a las procelosas inmediaciones del agujero negro. Como computadora maestra de la nave y única conciencia al mando podía hacerlo. Debía hacerlo. Y lo hizo.

Víctor Guisado Muñoz

Disco protoplanetario alrededor de la joven estrella HL Tauri, obtenida por el radiotelescopio ALMA, en el desierto de Atacama.
Disco protoplanetario alrededor de la joven estrella HL Tauri, obtenida por el radiotelescopio ALMA, en el desierto de Atacama.