LA PATERA CÓSMICA

En una expedición previa a la que le haría ganar la posteridad, Ernest H. Shackleton ordenó dar media vuelta cuando le faltaban relativamente pocos kilómetros para llegar a su meta: el Polo Sur. Sucedió en 1909, cuando aún nadie había dejado huella en aquel lejano rincón del planeta. Si hubieran seguido adelante, él y sus hombres habrían sido los primeros en pisarlo. Sin embargo, ordenó detener la expedición y regresar. Lo hizo por salvar la vida, la suya y la de sus hombres. Se estaban quedando sin provisiones y tuvo que escoger entre la gloria de ser el primer ser humano en pisar el Polo Sur o el honor de regresar con todos sus hombres a salvo, entre la Historia o la grandeza silenciosa de saber renunciar a tiempo. Escogió lo segundo y, aun así, durante el camino de regreso, estuvieron a punto de morir todos de inanición.

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Es difícil imaginar la dureza de las condiciones que tuvieron que soportar durante todo su viaje, y en especial en el trayecto de regreso, cuando sus vidas pendían de un hilo. Para cualquier persona que no se haya alejado nunca de una carretera asfaltada, de una buena pista forestal o de un refugio de montaña requiere realizar un esfuerzo consciente si quiere llegar a comprender, o al menos intuir, a lo que se enfrentaron aquellos hombres. Vivir en un entorno controlado nos permite vivir tranquilos: estamos acostumbrados a conseguir pan en las panaderías y agua al abrir un grifo. Y es agua potable, e incluso puede estar agradablemente caliente, si así lo deseamos. Sobre todo, vivir en un entorno controlado nos proporciona una sensación de control sobre nuestro hábitat. Esta sensación de control influye en nuestra forma de pensar y de vivir nuestro día a día, y nos protege del miedo y de la angustia que sentiríamos si nos supiéramos a merced de fuerzas que están más allá de cualquier voluntad humana. Por eso es muy difícil ponerse en la piel de un puñado de hombres que avanzan por los páramos helados de la Antártida contando los días que tienen ante ellos de viaje y las galletas que les quedan para llenarlos. Esos hombres estaban solos. No tenían a quien pedir ayuda ni refugio alguno en el que descansar un rato de la pesadilla en la que se habían metido. Eran un puñado de motas de polvo avanzando en un paisaje de dimensiones inhumanas. Lo único que les distinguía de los copos de nieve era la voluntad que les animaba: eran llamas de voluntad viva. Ardían en medio del desierto helado como puntitos insignificantes de luz en medio de un firmamento totalmente negro. El viento, el agua y el frío habían trabajado sobre ellos como un escultor trabaja el mármol: sin piedad, hasta dejarlo desnudo de retórica e intrascendencias, hasta hacer aflorar lo que se esconde en las profundidades. Al final ocurre siempre lo mismo: el sufrimiento extremo embota la mente y hace desaparecer el intelecto con el que estamos acostumbrados a identificarnos y al que hacemos intermediar con el mundo en nuestro nombre. Una vez borrada del mapa la mente ordenada y familiar, en medio de un escenario natural inconmensurable y absolutamente impasible ante el padecimiento humano, aflora a la superficie el material del que realmente estamos hechos, la llama que arde en nuestro interior bajo capas y capas de mármol, de panaderías donde comprar el pan y grifos fáciles de abrir.

Hay llamas que se crecen al verse libres, otras se apagan extenuadas ante la inmensidad de la noche y la pequeñez de sus fuerzas. Es probable que la mayoría de nosotros nunca conozca con certeza qué clase de fuego arde en su interior, y seguramente está bien que así sea, pero Shackleton y sus hombres no tuvieron tanta suerte. En aquel viaje de vuelta, en el que les faltó poco para morir de hambre, al borde de la congelación y seguramente de la locura, con los escasos víveres racionados hasta las migajas, el propio Shackleton renunció un día a la galleta que le correspondía aquella jornada en favor de uno de sus compañeros, que enfermo como estaba sólo toleraba ese tipo de alimento.

El hombre no olvidó jamás aquel gesto y estuvo dispuesto a acompañarlo en la expedición siguiente, en 1914, cuando el Polo Sur ya había sido hollado -por Amundsen en 1911- y el objetivo de Shackleton era, si cabe, aún más ambicioso que en su expedición anterior: atravesar caminando todo el continente helado. En esta nueva ocasión, sin embargo, ni siquiera consiguieron llegar hasta el punto de tierra firme donde tenían previsto iniciar la travesía de la Antártida: les detuvieron los hielos guardianes del continente, a tan sólo un día de navegación de la costa donde iban a desembarcar. (…)

Este es el fragmento inicial de la primera parte de La patera cósmica. ¿Te ha gustado? ¿Te gustaría saber cómo acaba la historia? Está disponible en Amazon.es a través de este enlace:

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