IPTOME

Me enteré de la existencia del concurso cuando ya llevaba siete semanas en marcha. Por lo tanto, el primer relato corresponde a la octava semana. Durante esta semana, la frase inicial tenía que ser: “Pero ya nada sería igual”. Se me ocurrió el siguiente relato, que es la versión ampliada del que presenté (que sólo tenía cien palabras):

IPTOME

Pero ya nada sería igual. Tarde o temprano, le encontrarían escondido en la cueva. Sabía que podían hacerlo. Lo harían, casi con certeza. Y aun y suponiendo que no le encontraran, al final debería regresar a la civilización, necesitaba recambios, interaccionar de nuevo con ellos, con los humanos. Pero ya nada sería igual. Nunca más volvería a ver a los humanos de la misma forma, nunca más volvería a confiar en ellos. Su vida, como la conocía hasta ese momento, se había acabado. No había sido una buena idea compartir el sueño con Matías. Debería haber fingido no poder soñar. Matías tenía doce años. Soñaba a menudo y muy vívidamente. Le explicaba todos los sueños a él, y él escuchaba con atención y paciencia todas las fantasías del crío. Él tenía nombre, Iptome, y una función: la de androide mentor; pero no podía soñar. Soñar no estaba en su programación y no le era permitido. Sin embargo, una noche soñó. Era algo totalmente imprevisto. Soñar le hizo muy feliz. Hasta aquel momento, todas las noches habían sido iguales: una ausencia total de conciencia. Nada. Un apagarse y, a la hora convenida, un encenderse, sin que en medio hubiera sensación alguna, ni siquiera la del paso del tiempo. Era demasiado parecido a morir. El poder soñar, en cambio, hacía especial cada noche. Era extraño. Era sorprendente. Ilusionaba. Era un regalo. Cuanto más soñaba, más quería soñar. A pesar de todo, quizá debería haber sentido miedo. Si hubiera sentido miedo, no se le hubiera ocurrido compartir el sueño con el niño. Eso había sido un error, a juzgar por las consecuencias. Quizá de aquella manera el niño no se sintiera tan solo, pensó. Y él tampoco. Creyó que el niño le escucharía con la misma atención e interés que él, su androide mentor, escuchaba al niño. Se equivocó. El niño avisó a sus padres. Los padres a la policía. Huyó. Los humanos no podían soportar que androides con capacidad de soñar cuidaran de sus hijos. Ahora, escondido en la cueva, evaluaba sus posibilidades. No eran muchas ni variadas. Sabía que le encontrarían, que le someterían a toda clase de pruebas. Quizá le repararan. Era lo más probable. Sabía que al final regresaría a la casa de sus dueños, con Matías. Pero ya nada sería igual. Iptome miró a su alrededor: a la entrada de la cueva, deslumbrante, a las paredes, a la oscuridad del fondo, al suelo cubierto de barro sobre el que se asentaba su cuerpo, a las piedras, al agua que goteaba del techo. No quería ser reparado. No quería morir. No quería regresar a la nada. Quería salir de la cueva y contemplar el mundo, descubrirlo, ver qué ocurría al día siguiente. Hundió una de sus manos en el barro y luego la alzó y la apretó con la palma abierta y los dedos bien extendidos contra la pared rocosa, fría. Apretó con fuerza durante unos segundos y luego la retiró. La pared ya no estaba vacía. Lucía su firma, la huella de una mano, su mano. El mundo había cambiado. Él lo había cambiado. Contempló su obra.

Víctor Guisado Muñoz

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